El hallazgo de esta ciudadela inca, por las características en sus construcciones, ha puesto nuevamente en entredicho el papel del Instituto Nacional de Cultura (INC), pues es sabido de la existencia de ciudades perdidas en la selva sur del Perú. La propia Cordillera de Vilcabamba es un gigantesco cofre lleno de historias y ciudades que merecen la atención de esta institución. En las varias expediciones que realice, acompañando a investigadores por la zona de Vilcabamba e incluso por la zona del VRAE, escuche noticias de ciudades como la hallada recientemente (cuyo vídeo acompaña la presente nota), e incluso existe un inventario de ciudades encontradas por exploradores como Gene Savoy, Johan Rehinhard, Peter Frost, Nicholas Asheshov y otros, a los que esta institución no le presta la debida atención e inclusive se sabe por fuentes confiables hace unos años intentaron mandar a la cárcel a varios expedicionarios por puro celos.
Para información de los lectores, de todas las ciudades perdidas o restos arqueológicos hallados en el mundo, se puede afirmar que más del 80 por ciento de estas, han sido halladas por aventureros, exploradores, investigadores y otros, sin que los llamados a hacer este tipo de labor (los arqueólogos) hayan participado en tal honrosa aventura (es que a decir de ellos no son aventureros, sino, “científicos”).
Así el explorador Schliemann descubrió Troya; la mítica ciudad de Homero descrita en La Ilíada, que hasta esa fecha era considera una genial y poética leyenda. Gracias a la intuición de Claudios Rich, se realiza el descubrimiento de Babilonia, cuyo único precedente de su existencia se encuentra solo en cortísimos relatos bíblicos; Y que decir de la tumbas de Tutan Kamon, Petra, la ciudad de piedra; el propio Machu Picchu, Espíritu Pampa -Vilcabamba la vieja, Choquequirao, etc. Todas ellas fueron descubiertas por personajes que no mostraron mayor oficio que el de aventurero. Al leer e interiorizarnos sobre estos descubrimientos extraemos lecciones que nos muestran como las antiguas leyendas han perdido tal condición, transformándose en ciudades reales. Hoy tal vez le toca el turno al mítico Paititi.
Y me refiero no solo al misterio de su Historia, cuya atroz visión pronto conoceremos, sino a la de aquellos que siguieron esa pertinaz y conmovedora insistencia humana por descubrir bajo la apariencia caótica de las cosas un sustrato firme, duradero y cognoscible. El hallazgo de las ciudades incas, es como un chispazo de fantasía que nos devuelve aquel designio infantil que todos perseguimos alguna vez cuando, de niños, nos conjurábamos buscar tesoros, encontrar ciudades y desentrañar misterios. Entonces todos éramos como el Schlielmann que desde niño decide seguir las pistas que Homero fue dejando en la Ilíada, hasta que un día, a los 40 años, su piqueta de excavador tropieza con el tesoro de Príamo y descubre que Troya había existido por la sencilla razón de que Homero no podía mentir. Es necesario ese idealismo. La historia de los descubrimientos científicos está jalonada a partes iguales de imaginación y tenacidad.
En vista de la existencia de innumerables restos arqueológicos, es necesario que las instituciones velen por el patrimonio cultural (tanto material como inmaterial), y se realice inventarios sobre estos patrimonios. Para ello solo necesitan solicitar a los exploradores mencionados lineas arriba, y a otros, sus reportes, además de realizar un pequeño trabajo de investigación (lectura de informes de viajes que abundan en las bibliotecas). Luego hacer un trabajo de campo que consiste en acercarse a los sitios descritos y con su sapiencia científica tratar de delimitar el área arqueológica.A la vez se podría empezar a legislar a favor de aquellos coleccionistas y permitirles exponer sus propias colecciones – museos privados-sin temor a ser despojados de ellos (ya la ley los consigna como depositarios).
El reconocimiento del país y la entrega de bonos, premios o certificados a estos descubridores son pasos a seguir. Ninguna expedición ni trabajo de investigación no es, ni ha sido gratuita para estos hombres, exploradores y aventureros. Muchos de ellos se han jugado la vida en junglas infestas de males, caudalosos ríos, gélidas punas y otras naturalezas inclementes en post de brindar al país un tesoro histórico más.
¿Queremos vivir de la industria sin chimenea? del turismo? ¡Comencemos, entonces, a valorar a aquellos que lo hacen posible!.





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